Por: Arturo Zorrilla
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Tengo la teoría de que mientas más leo y trato de entender el por qué de las decisiones que toman nuestros gobernantes, más me doy cuenta que soy un verdadero ignorante. Mientras más pretendo leer entre líneas, pensar estratégicamente y comprender las “tenebras”, más me pierdo. Pero ante tanta confusión pienso que tal vez no sea yo quien esté perdido, sino que nuestra clase política sea la que no tiene idea de lo que está haciendo. Ante esta reflexión y, puede ser que para justificar mi ignorancia, me he puesto a escribir sobre un Congreso de un país “imaginario” para ver si con esto encuentro el camino para salir de esta profunda ignorancia que no me deja “Vivir Mejor”: En ese país la confusión era general y las frases y las promesas decampaña se volvían bumeranes. Y una tarde, en una discusión en la Cámara de Diputados, ocurrió lo irremediable: cada una de las partes contendientes le pidió a sus rivales la explicación de lo que decían porque no entendían ni una palabra. El presidente de la Cámara aseguró que él tampoco entendía ni jota, aunque ya estaba acostumbrado a no agarrar la onda. Poco tiempo después quedó al descubierto la verdad: de tanto desconfiar de los críticos, de tanto darle crédito a sus improvisaciones, nadie descifraba las voces ajenas. El laberinto de San Lázaro. El conflicto se agudizó cuando vino un debate primordial (la asignación de recursos), que exigía saber lo que alguien, quien fuera, decía. Todo fue inútil. Entre ellos se contestaban con furia a lo que nadie había dicho. Y lo que pasaba en la Cámara se trasladó a otros espacios. Ningún político de los reconocidos se expresaba de modo inteligible, y la palabra inteligible provocaba estupor: “¿Es un albur?”.
De nada sirvió un listado de vocablos útiles y frecuentes. Luego de juntar dificultosamente 100 palabras, se vio que eran muchos los que no entendían ni la mitad. El asunto se complicaba con los políticos de gran peso (no es alusión corporal, para que después no me regañen).
De emergencia se crearon las comisiones de “Lo que quiso decir el funcionario” y la de “Me citaron fuera de contexto”. El mensaje político, el que hubiera, no llegó a lado alguno. De nada sirvió que los poderosos acudieran a los juegos infantiles: “Quefe tefe pafa safa”. El conflicto de las frases llegó a la sociedad y al principio afectó a los que veían noticiarios y trataban de agarrarle la onda a los políticos, los magistrados, los eclesiásticos, los empresarios. Esos se adhirieron muy pronto al criptoñol, un idioma que tuvo mucho éxito en la Edad Media.
El criptoñol se trasladó al país entero. Los amigos ya no se entendían, hubo pleitos frecuentes porque sólo se respondía con un “No” o un “Sí” fuera de lugar. La influencia del lenguaje del poder resultó catastrófica: en los negocios se entregaba lo que el cliente no había pedido, en las reuniones de los partidos políticos todos creían que las investigaciones sobre corrupción iban en serio y aseguraban que si se habían beneficiado era por “amor a México”, los viajeros llegaban al aeropuerto y, de modo invariable, se encontraban rumbo a Timbuktú (donde ya hay una colonia mexicana llamada “Perdón, fui una loca y me ofusqué”), los médicos operaban de sarampión, las inauguraciones de edificios tardaban años porque los funcionarios no sabían que aún no estaban las construcciones, en las universidades el maestro explicaba anatomía a estudiantes de química.
Como el criptoñol dominaba, nadie propuso la refundación del idioma y de la lógica. Si alguien lo propuso, nadie se enteró. Se recomendaron fórmulas ancestrales, las señales de humo, o mímica, o coros que transformasen en cánticos las declaraciones: “Ay, elector, no te rajes”. Pero las señales de humo no se podían traducir y dos funcionarios murieron asfixiados por el humo, la mímica daba lugar a equívocos, y los coros cantaban lo que les daba la gana. La angustia crecía y la sociedad sufría. No hubo manera de vencer al criptoñol y la República se transformó en una muchedumbre de signos y señales que evidenciaban el fin del uso de la palabra.
Por eso yo, escribano humilde, admito que ya no trataré de comprender nada, pues, si soy descubierto, se me tratará sin piedad, y si se sabe que entiendo, más o menos, lo que digo, seré desterrado a la Isla de las Conjuras Verbales. Triste destino de las ganas de entender. Lo bueno es que eso no pasa aquí. Bueno, regresando a esta tierra, en donde todos entendemos qué es lo que está pasando y donde todos somos analistas políticos, te invito a que vayamos al café y ahora sí, pongámosle triple piquete para que, aunque no entendamos nada, pongamos cara de que sí. Y para demostrar mi teoría, pidamos primero seis tragos, luego cinco, después cuatro y cuando llegues al uno, verás que es cierto: Mientras menos chupas, más te embriagas. Nos leemos la próxima semana.